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“Es que nunca me escucha”.
“Ya no tiene tiempo para mí”.
“Siempre tengo que pedirle que sea cariños@”.
“Todo lo tengo que hacer yo”.
“Si realmente me quisiera, sabría lo que necesito”.
Quejarte de algo que no te gusta no necesariamente tiene nada de malo. La queja puede ser una forma de reconocer que existe una necesidad que no está siendo satisfecha.
El problema comienza cuando nuestra tranquilidad, seguridad o bienestar dependen constantemente de que la otra persona haga lo que esperamos.
Porque entonces quizá ya no estamos hablando solamente de nuestra pareja.
Tal vez estamos hablando también de nuestra historia.
Y es posible que detrás de esa queja exista una parte de nosotros que aprendió hace muchos años algo parecido a esto:
“Cuando yo me siento mal, alguien tiene que hacer algo para que vuelva a estar bien”.
Todo comenzó cuando necesitábamos de alguien para estar bien
Pensemos por un momento en un bebé.
Un bebé siente hambre, frío, sueño, miedo, dolor o incomodidad, pero todavía no tiene la capacidad de comprender completamente qué le sucede y mucho menos de resolverlo por sí mismo.
¿Qué hace?
Llora.
Y entonces aparece mamá, papá o alguna figura cuidadora.
Lo carga.
Lo alimenta.
Lo abraza.
Lo cambia.
Lo ayuda a dormir.
Le proporciona seguridad.
De esta manera, poco a poco, el niño va aprendiendo que sus necesidades pueden ser reconocidas y atendidas.
Esto es completamente natural y necesario.
Durante nuestros primeros años dependemos de otros seres humanos no solamente para sobrevivir, sino también para aprender a relacionarnos con nuestras emociones y necesidades.
El problema puede aparecer muchos años después.
Porque nuestro cuerpo crece, desarrollamos capacidades, estudiamos, trabajamos, formamos una familia, tenemos responsabilidades…
pero algunas partes emocionales de nosotros pueden continuar esperando aquello que alguna vez necesitaron y no recibieron suficientemente.
Cuando la pareja se convierte en la encargada de hacernos sentir bien
Llegamos entonces a la vida adulta y conocemos a alguien.
Nos enamoramos.
Construimos una relación.
Y sin darnos cuenta podemos comenzar a colocar sobre esa persona expectativas que van mucho más allá del presente.
Queremos amor, por supuesto.
Queremos atención.
Queremos sentirnos importantes.
Queremos reconocimiento.
Queremos afecto.
Queremos seguridad.
Todo esto forma parte de las necesidades humanas y no tiene nada de malo.
Pero hay una enorme diferencia entre compartir nuestras necesidades dentro de una relación y responsabilizar a nuestra pareja de nuestro bienestar emocional.
Una cosa es decir:
“Para mí es importante recibir muestras de cariño y últimamente siento que nos hemos alejado. Me gustaría que habláramos de ello”.
Y otra muy diferente:
“¡Nunca eres cariños@ conmigo! ¡Parece que no te importo! ¡Si realmente me amaras no tendría que pedírtelo!”
En ambos casos puede existir la misma necesidad: afecto.
Pero la manera de expresarla es completamente diferente.
En la primera estoy intentando hablar desde mi adulto.
En la segunda quizá también está hablando una parte herida de mí que siente que nuevamente tiene que luchar para obtener aquello que necesita.
Tu pareja puede tocar una herida que comenzó mucho antes
Aquí encontramos una de las partes más interesantes de nuestras relaciones.
Hay situaciones aparentemente pequeñas que provocan reacciones emocionales enormes.
Tu pareja tarda en contestarte un mensaje y sientes una angustia tremenda.
Quiere pasar una tarde haciendo algo sin ti y aparece un miedo intenso.
No te presta atención en determinado momento y rápidamente piensas:
“No soy importante”.
No tiene ganas de darte afecto y algo dentro de ti interpreta:
“Ya no me quiere”.
La pregunta entonces sería:
¿Por qué algo aparentemente pequeño puede provocar una reacción tan grande?
Una posibilidad es que el acontecimiento esté sucediendo en el presente, pero esté tocando una experiencia emocional mucho más antigua.
Quizá no es la primera vez que te sientes ignorad@.
Quizá no es la primera vez que sientes que no eres importante.
Quizá no es la primera vez que experimentas miedo al abandono.
Quizá no es la primera vez que sientes que tienes que hacer algo extraordinario para merecer amor.
La situación actual puede convertirse en un detonante de algo que ya existía dentro de ti.
Por eso hay una frase que me parece importante recordar:
Tu pareja puede activar una herida, pero no necesariamente la creó.
¿Entonces todo lo que me molesta de mi pareja viene de mi infancia?
No.
Y es importante aclararlo.
Trabajar nuestras heridas emocionales no significa justificar todo lo que otra persona hace.
No significa aceptar indiferencia, abandono, violencia, manipulación, falta de compromiso o conductas que dañan constantemente la relación.
Tampoco significa que cada conflicto tenga necesariamente su origen en la infancia.
A veces el problema está sucediendo aquí y ahora.
A veces necesitamos pedir algo.
A veces necesitamos poner límites.
A veces necesitamos conversar.
Y algunas veces necesitamos reconocer que una relación ya no nos hace bien.
Mirar nuestra historia no significa asumir la culpa de todo.
Significa preguntarnos con responsabilidad:
¿Qué parte de este conflicto pertenece a lo que está sucediendo hoy y qué parte está despertando algo que ya existía dentro de mí?
Esa distinción puede cambiar profundamente nuestra manera de relacionarnos.
La queja puede esconder una necesidad
La próxima vez que aparezca una queja recurrente, intenta no quedarte solamente con las palabras que salen de tu boca.
Escucha lo que existe debajo.
Por ejemplo:
“Nunca tienes tiempo para mí”.
Quizá debajo existe:
“Necesito sentir que soy importante para ti”.
“Jamás reconoces lo que hago”.
Quizá debajo encontramos:
“Necesito sentirme valorad@”.
“Todo lo tengo que resolver yo”.
Quizá en el fondo existe:
“Estoy cansad@ de sentir que tengo que cargar con todo”.
“Prefieres estar con todo el mundo menos conmigo”.
Quizá detrás aparece:
“Tengo miedo de dejar de ser importante para ti”.
La queja es solamente la superficie.
La pregunta interesante es:
¿Qué necesidad está intentando expresarse a través de ella?
Y después viene una pregunta todavía más profunda:
¿Cuánto tiempo lleva esta necesidad conmigo?
Cuando le pedimos a nuestra pareja que repare nuestra historia
Imagina a alguien que durante su infancia sintió que tenía que esforzarse muchísimo para recibir reconocimiento.
Quizá obtenía buenas calificaciones esperando escuchar:
“Estoy orgulloso de ti”.
Pero ese reconocimiento nunca llegaba.
Años después, esa persona puede necesitar constantemente que su pareja reconozca lo que hace.
Cuando no sucede, aparece enojo, tristeza o resentimiento.
Por supuesto que todos necesitamos reconocimiento.
Pero quizá la intensidad con la que esta persona lo necesita no pertenece solamente a su relación actual.
Hay un niño o una niña interior que todavía está preguntando:
“¿Ahora sí soy suficiente?”
“¿Ahora sí estás orgulloso de mí?”
“¿Ahora sí merezco que me mires?”
Y aquí aparece una de las trampas emocionales más dolorosas:
Intentamos conseguir en el presente aquello que necesitábamos recibir en el pasado.
Y podemos terminar pidiéndoselo una y otra vez a nuestra pareja.
Tu pareja no es mamá ni papá
Esta idea puede confrontarnos.
Tu pareja puede amarte.
Puede acompañarte.
Puede escucharte.
Puede aprender a relacionarse mejor contigo.
Puede reconocer tus necesidades.
Puede darte afecto, seguridad, compañía y presencia.
Una relación saludable también implica reciprocidad.
Pero tu pareja no puede regresar a tu infancia.
No puede convertirse en la mamá que necesitaste.
No puede transformarse en el papá que hubieras querido tener.
No puede darte retroactivamente aquello que faltó.
Y cuando intentamos convertirla inconscientemente en la responsable de reparar nuestra historia, podemos terminar relacionándonos desde la exigencia, la dependencia, el reclamo o el resentimiento.
La pregunta deja de ser únicamente:
“¿Por qué no me das lo que necesito?”
Y comienza a convertirse en:
“¿Por qué necesito esto de esta manera y qué historia existe detrás de esta necesidad?”
Ahí comienza el autoconocimiento.
Ejercicio práctico: descubre qué existe detrás de tu queja
Quiero proponerte un ejercicio sencillo.
Busca un lugar tranquilo, toma una hoja y escribe una queja que aparezca frecuentemente en alguna de tus relaciones.
No tiene que ser solamente con tu pareja.
Puede ser con tus padres, hijos, hermanos, compañeros de trabajo o cualquier persona importante para ti.
Paso 1. Escribe tu queja exactamente como aparece
Por ejemplo:
“Mi pareja nunca tiene tiempo para mí”.
No la corrijas ni intentes hacerla bonita.
Escríbela exactamente como la piensas.
Paso 2. Pregúntate: ¿qué necesito?
Completa esta frase:
“Cuando digo esto, en realidad necesito…”
Quizá aparezca:
“Sentirme importante”.
“Sentirme escuchad@”.
“Sentirme querid@”.
“Sentirme acompañad@”.
“Sentirme segur@”.
“Sentirme valorad@”.
Paso 3. Identifica la emoción
Ahora pregúntate:
¿Qué siento cuando no recibo eso?
¿Tristeza?
¿Enojo?
¿Miedo?
¿Soledad?
¿Rechazo?
¿Abandono?
¿Impotencia?
No busques la respuesta correcta. Busca la respuesta que verdaderamente se parezca a lo que ocurre dentro de ti.
Paso 4. Viaja hacia tu historia
Ahora viene la pregunta más importante:
¿Cuándo había sentido algo parecido antes?
No intentes forzar un recuerdo.
Simplemente observa.
¿Te recuerda algo de tu infancia?
¿Alguna experiencia con mamá?
¿Con papá?
¿Con tus hermanos?
¿Con alguna persona significativa?
¿Era frecuente sentir que tenías que luchar para ser visto, escuchado, reconocido o querido?
Paso 5. Separa pasado y presente
Divide tu hoja en dos columnas.
En una escribe:
“Lo que pertenece al presente”.
En la otra:
“Lo que pertenece a mi historia”.
Tal vez descubras que tu pareja realmente necesita modificar alguna conducta.
Perfecto.
Eso habrá que comunicarlo.
Pero quizá también descubras que la situación está activando un dolor anterior.
Eso ya te corresponde mirarlo a ti.
Paso 6. Cambia la queja por una petición adulta
Finalmente pregúntate:
¿Cómo puedo expresar esta necesidad sin responsabilizar al otro de mi bienestar?
En lugar de:
“¡Nunca tienes tiempo para mí!”
podrías intentar:
“Últimamente he sentido que tenemos poco tiempo juntos y para mí nuestra conexión es importante. Me gustaría que buscáramos un espacio para nosotros”.
Parece un cambio pequeño.
Pero emocionalmente es enorme.
Ya no estoy exigiendo que el otro adivine lo que necesito.
Estoy aprendiendo a reconocerlo, expresarlo y responsabilizarme de la manera en que lo comunico.
Dejar de quejarte no significa dejar de necesitar
Sanar no significa convertirte en alguien que no necesita a nadie.
Necesitamos vínculos.
Necesitamos amor.
Necesitamos pertenencia.
Necesitamos afecto.
Necesitamos ser vistos y escuchados.
La transformación consiste en aprender a diferenciar entre:
“Te necesito porque eres importante para mí”
y
“Necesito que hagas esto para que yo pueda estar bien”.
Cuando comenzamos a reconocer esa diferencia, dejamos poco a poco de colocar nuestra historia sobre los hombros de quienes amamos.
Y comenzamos a hacernos responsables de ella.
Por eso, la próxima vez que aparezca una queja, antes de intentar eliminarla, escúchala.
Tal vez está intentando decirte algo.
Pregúntate:
¿Qué necesito realmente?
¿Por qué esto me afecta tanto?
¿Estoy reaccionando solamente ante lo que sucede hoy?
¿O hay una parte de mi historia que también está reaccionando?
¿Estoy expresando una necesidad o estoy esperando que alguien se haga responsable de ella?
Porque algunas de nuestras mayores frustraciones en las relaciones pueden convertirse también en extraordinarias oportunidades de autoconocimiento.
Quizá la persona que tienes enfrente no vino a reparar tu infancia.
Pero lo que esa relación despierta dentro de ti puede ayudarte a descubrir aquello que todavía necesita ser mirado, comprendido y trabajado.
Y cuando comienzas a hacerlo, algo cambia.
Dejas de preguntarte solamente:
“¿Qué tiene que hacer el otro para que yo esté bien?”
Y comienzas a preguntarte:
“¿Qué puedo hacer yo con esto que estoy sintiendo?”
Ahí comienza una manera diferente de relacionarte.
Y muchas veces, también comienza una manera diferente de vivir.
Si este contenido resonó contigo y quieres seguir profundizando en las heridas de la infancia, los patrones familiares y aquellas experiencias que pueden estar influyendo en tu vida adulta sin que seas consciente de ello, te invito a seguirme en mis redes sociales.
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Todos los días comparto reflexiones y herramientas para ayudarte a comprender tu historia, trabajar aquello que todavía duele y comenzar a construir una vida desde un lugar mucho más consciente.
Porque quizá no puedes cambiar lo que viviste…
pero sí puedes transformar lo que haces hoy con esa historia.





