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14/09/2026¿Te ha sucedido que trabajas, generas ingresos y te esfuerzas constantemente, pero aun así sientes que el dinero “se te esfuma de las manos”?
Quizá vives entrando y saliendo de deudas.
Tal vez ganas suficiente, pero siempre aparece algo que termina llevándose el dinero.
O puede suceder algo todavía más curioso: cuando comienzas a prosperar, cuando finalmente parece que las cosas están mejorando, haces algo —consciente o inconscientemente— que te lleva nuevamente al punto de partida.
Entonces surge inevitablemente la pregunta:
¿Por qué me cuesta tanto experimentar abundancia?
Normalmente buscamos la respuesta en nuestra manera de administrar el dinero, nuestros ingresos, nuestras decisiones financieras o las circunstancias que estamos viviendo.
Y claro que todo eso importa.
Pero desde una mirada emocional también podemos hacernos otra pregunta:
¿Cómo aprendí a recibir?
Porque mucho antes de aprender a ganar dinero, tú ya estabas aprendiendo algo fundamental para tu vida adulta:
a recibir.
Y ahí aparece una de las figuras más importantes de nuestra historia:
mamá.
Mamá fue uno de nuestros primeros vínculos con el recibir
Cuando llegamos a este mundo somos completamente dependientes.
No podemos alimentarnos solos.
No podemos protegernos.
No sabemos comprender nuestras emociones ni satisfacer nuestras necesidades.
Necesitamos de alguien.
Y generalmente la figura materna ocupa un lugar fundamental en esas primeras experiencias.
A través de mamá —o de quien ejerció esa función materna— comenzamos a experimentar lo que significa recibir.
Recibir alimento.
Recibir protección.
Recibir contacto.
Recibir atención.
Recibir consuelo.
Recibir presencia.
Recibir amor.
Por supuesto, esto no significa que mamá determine nuestro destino financiero.
Nuestra relación con el dinero es compleja y está influida por nuestra educación financiera, nuestras oportunidades, el contexto socioeconómico, nuestras decisiones, hábitos, creencias y muchos otros factores.
Pero nuestra historia emocional también merece ser observada.
Porque quizá hoy dices conscientemente:
“Quiero tener más”.
Mientras que emocionalmente existe otra parte de ti que aprendió:
“Recibir es peligroso”.
“No debo pedir demasiado”.
“Para merecer tengo que sacrificarme”.
“Primero tengo que ocuparme de los demás”.
“Si recibo algo, después tendré que pagarlo”.
“No merezco tener más que mi familia”.
Y esas creencias pueden terminar influyendo en la manera en que nos relacionamos con el dinero, el trabajo, el éxito y nuestra propia capacidad para recibir.
¿Qué pasa cuando existen heridas con mamá?
Aquí quiero hacer una aclaración muy importante.
Sanar el vínculo con mamá NO significa culparla de todos nuestros problemas.
Tampoco significa afirmar que si tienes dificultades económicas es porque tienes una mala relación con ella.
Sería absurdo reducir algo tan complejo como nuestra vida financiera a una sola causa.
Lo que propongo es utilizar este vínculo como una puerta de exploración.
Pregúntate:
¿Qué sucede dentro de mí cuando pienso en mamá?
Tal vez aparece amor.
Pero quizá junto con ese amor también existen resentimientos.
Reclamos.
Enojo.
Abandono.
Tristeza.
Rechazo.
Palabras que nunca dijiste.
Preguntas que nunca tuvieron respuesta.
Abrazos que nunca llegaron.
Reconocimiento que todavía esperas.
Una disculpa que llevas décadas necesitando escuchar.
Y aunque hayan pasado veinte, treinta o cuarenta años, una parte de ti puede seguir esperando.
Puedes alejarte de mamá y seguir completamente atado a ella
A veces pensamos que sanar significa alejarnos.
“Yo ya puse distancia”.
“Ya no hablo con ella”.
“Hace años que no la veo”.
“Ya no permito que se meta en mi vida”.
Y en determinadas circunstancias poner límites o incluso mantener distancia puede ser necesario y saludable.
Pero existe una diferencia enorme entre distancia física y libertad emocional.
Puedes vivir a cientos de kilómetros de mamá…
y seguir discutiendo con ella todas las noches dentro de tu cabeza.
Puedes no hablarle desde hace diez años…
y seguir intentando demostrarle que tú tenías razón.
Incluso mamá puede haber muerto…
y tú puedes continuar reclamándole.
Porque la relación externa puede terminar, pero nuestra representación interna de mamá puede seguir completamente activa.
Cuando murió mi mamá, algo comenzó a suceder en mi vida
Te comparto algo personal.
Mi mamá murió en mayo de 2010.
Después de su muerte comenzaron a suceder muchas cosas en mi vida.
Una de las más visibles fue que mis grupos de diplomados comenzaron a tener cada vez menos alumnos.
Mis ingresos disminuían mientras mis deudas aumentaban.
Durante algún tiempo yo observaba únicamente lo externo.
¿Qué estoy haciendo mal?
¿Qué tengo que cambiar?
¿Cómo genero más?
¿Cómo consigo más alumnos?
Pero había algo más ocurriendo dentro de mí.
Con la muerte de mamá habían quedado muchísimas cosas pendientes entre nosotros.
Agradecimientos.
Reclamos.
Expresiones de afecto.
Quejas.
Reproches.
Dolores.
Palabras que nunca dije.
Y aunque mamá físicamente ya no estaba, emocionalmente mi relación con ella seguía completamente viva.
No considero que aquello fuera una maldición, un castigo divino, mala suerte o alguna fuerza misteriosa provocando mis dificultades económicas.
Lo que comencé a comprender fue que había una enorme cantidad de energía emocional atrapada en una relación que necesitaba trabajar.
Mamá había muerto, pero mi historia con mamá todavía no estaba resuelta dentro de mí.
Sanar a mamá no significa justificarla
Este punto es fundamental.
Cuando hablo de sanar nuestra relación con mamá, algunas personas inmediatamente responden:
“Pero tú no sabes lo que mi mamá me hizo”.
Y tienen razón.
No lo sé.
Hay historias profundamente dolorosas.
Madres ausentes.
Madres emocionalmente indisponibles.
Abandono.
Rechazo.
Maltrato.
Violencia.
Manipulación.
Adicciones.
Situaciones que ningún niño tendría que haber vivido.
Por eso sanar no significa decir:
“Como era mi mamá, entonces estuvo bien”.
No.
Lo que te dolió, te dolió.
Sanar tampoco significa necesariamente volver a relacionarte con ella.
Puedes sanar y mantener límites.
Puedes trabajar tu historia y decidir que determinada relación continúa sin ser conveniente para ti.
Puedes perdonar internamente determinados aspectos sin exponerte nuevamente a aquello que te hizo daño.
Porque sanar no consiste en cambiar a mamá.
Consiste en transformar aquello que la historia con mamá dejó dentro de ti.
La pregunta deja de ser: “¿Por qué mamá fue así?”
Hay un momento en nuestro proceso de crecimiento emocional en el que necesitamos cambiar la pregunta.
Durante mucho tiempo quizá preguntamos:
¿Por qué mamá me hizo esto?
¿Por qué nunca estuvo?
¿Por qué quería más a mi hermano?
¿Por qué nunca me reconoció?
¿Por qué me abandonó?
¿Por qué nunca me dijo que estaba orgullosa de mí?
¿Por qué no me defendió?
Son preguntas legítimas.
Pero existe otra pregunta que puede llevarnos mucho más lejos:
¿Qué voy a hacer yo hoy con lo que me sucedió?
Porque quizá tú no elegiste la herida.
Quizá tampoco fuiste responsable de que ocurriera.
Pero hoy puedes comenzar a responsabilizarte de sanarla.
De lo contrario, podemos pasar nuestra vida esperando que mamá haga algo para finalmente permitirnos estar en paz.
Esperamos que reconozca.
Que cambie.
Que entienda.
Que se disculpe.
Que finalmente nos dé aquello que necesitábamos cuando éramos niños.
¿Y qué sucede si nunca ocurre?
¿Vas a entregarle también los próximos veinte años de tu vida?
Y todavía podemos ir más atrás: tu historia transgeneracional
Cuando exploramos nuestra relación con mamá también podemos encontrarnos con algo todavía más profundo:
mamá también tuvo una mamá.
Y esa mamá tuvo otra mamá.
Ninguna de ellas comenzó su historia desde cero.
Cada generación recibió una manera de amar, proteger, sobrevivir, relacionarse y también de relacionarse con los recursos.
Por eso vale la pena investigar:
¿Cómo se relacionaba mamá con el dinero?
¿Cómo se relacionaban tus abuelos?
¿En tu familia hubo pobreza?
¿Pérdidas patrimoniales?
¿Quiebras?
¿Herencias que dividieron familias?
¿Personas que tuvieron dinero y posteriormente lo perdieron todo?
¿Mujeres económicamente dependientes?
¿Hombres que cargaban solos con toda la responsabilidad económica?
¿Personas que trabajaron toda su vida y nunca pudieron disfrutar?
¿Familiares que prosperaron y fueron criticados, rechazados o excluidos?
Quizá también existían frases que escuchaste repetidamente:
“El dinero no crece en los árboles”.
“Los ricos son unos abusivos”.
“Hay que trabajar muy duro para tener algo”.
“El dinero cambia a las personas”.
“Más vale pobre pero honrado”.
“Primero están los hijos”.
“Yo no necesito nada”.
Estas frases pueden parecer inocentes.
Pero cuando se repiten generación tras generación pueden convertirse en parte de nuestra manera de interpretar el mundo.
A veces queremos prosperar sin dejar de pertenecer
Existe otro aspecto que considero muy interesante dentro del trabajo transgeneracional:
la necesidad de pertenecer.
Todos necesitamos sentir que pertenecemos a nuestro sistema familiar.
Por eso puede aparecer un conflicto interno cuando comenzar a prosperar significa vivir de una manera completamente diferente a la de nuestra familia.
Imagínate que vienes de generaciones de sacrificio, escasez y trabajo agotador.
Y de repente tú comienzas a ganar dinero haciendo algo que disfrutas.
Tienes tiempo.
Viajas.
Descansas.
Compras algo que deseas.
Una parte consciente puede sentirse maravillosa.
Pero otra podría experimentar culpa.
“¿Quién soy yo para tener esto?”
“Mi mamá nunca pudo”.
“Mi papá trabajó toda su vida”.
“Mis hermanos están batallando y yo estoy bien”.
Y sin darte cuenta puedes comenzar a sabotear aquello que conscientemente dices querer.
No porque exista una fuerza mágica impidiéndote prosperar.
Sino porque pertenecer puede sentirse emocionalmente más seguro que diferenciarte.
EJERCICIO PRÁCTICO: MAMÁ, EL RECIBIR Y LA ABUNDANCIA
Quiero proponerte un ejercicio de autoconocimiento.
Busca un momento en el que puedas estar tranquilo.
Toma varias hojas y escribe sin intentar corregirte ni producir respuestas “bonitas”.
No necesitas enseñarle esto a nadie.
Es para ti.
Primera parte: lo que quedó pendiente
Completa estas frases:
Mamá, todavía me duele que…
Escribe todo lo que aparezca.
Después:
Mamá, todavía te reclamo…
Continúa escribiendo.
Ahora:
Mamá, me hubiera gustado recibir de ti…
Permítete reconocer lo que necesitabas.
Y finalmente:
Mamá, hoy puedo reconocer que sí recibí de ti…
No se trata de compensar lo negativo con algo positivo.
Se trata simplemente de intentar mirar la historia completa.
Segunda parte: observa cómo recibes
Ahora deja de escribir sobre mamá y escribe sobre ti.
Responde:
¿Qué siento cuando alguien quiere darme algo?
¿Me cuesta pedir ayuda?
¿Me siento incómodo cuando alguien hace algo por mí?
¿Necesito devolver inmediatamente lo que recibo?
¿Me cuesta cobrar adecuadamente por mi trabajo?
¿Siento culpa cuando tengo más que otras personas de mi familia?
¿Qué sucede emocionalmente cuando tengo dinero disponible?
¿Puedo conservarlo o inmediatamente necesito gastarlo?
¿Siento que merezco una vida abundante sin tener que sufrir para conseguirla?
No busques diagnosticarte.
Observa.
Tercera parte: mira hacia tu familia
Finalmente pregúntate:
¿Qué historias de dinero se repiten en mi familia?
Haz un pequeño recorrido por varias generaciones.
Mamá.
Papá.
Abuelos.
Bisabuelos, si conoces sus historias.
Busca acontecimientos relacionados con dinero, patrimonio, trabajo, éxito, fracaso, pérdidas, sacrificio, deudas y conflictos.
Después termina escribiendo:
“De mi familia aprendí que el dinero…”
Y deja que aparezcan todas las frases que vengan a tu mente.
Tal vez descubras que algunas de las ideas con las que has vivido durante décadas ni siquiera comenzaron contigo.
No necesitas rechazar tu historia para construir una diferente
Hay algo que quiero dejarte después de este ejercicio.
Sanar nuestra historia familiar no significa rechazar de dónde venimos.
No necesitas despreciar a mamá para reconocer sus errores.
Pero tampoco necesitas idealizarla para poder amarla.
Puedes reconocer lo que recibiste…
y también reconocer lo que faltó.
Puedes agradecer la vida…
y trabajar las heridas.
Puedes amar a tu familia…
sin repetir su historia.
Y puedes permitirte construir una relación diferente con el dinero, con el recibir y con la abundancia sin sentir que estás traicionando a nadie.
Quizá la pregunta más importante no sea:
“¿Qué hizo mamá conmigo?”
Sino:
“¿Qué estoy dispuesto a hacer hoy con aquello que quedó dentro de mí?”
Porque tú no puedes cambiar lo que sucedió.
Pero sí puedes trabajar para que aquello que sucedió deje de dirigir tu presente.
¿Quieres comenzar tu propio proceso de transformación?
Si mientras leías este artículo reconociste heridas, patrones o historias familiares que todavía están influyendo en tu vida, quizá ha llegado el momento de dejar de trabajar únicamente los síntomas y comenzar a mirar la raíz.
Ese es precisamente el enfoque de mi trabajo: acompañarte a explorar las heridas de infancia y los patrones transgeneracionales que pueden seguir manifestándose en tus relaciones, decisiones y manera de vivir.
Y si quieres seguir recibiendo reflexiones, ejercicios y herramientas para continuar con este proceso de autoconocimiento y transformación, sígueme en mis redes sociales:
@jesusmorenotransforma
Ahí comparto contenido constantemente para ayudarte a comprender tu historia desde un lugar diferente.
Porque conocer tu historia es importante.
Pero conocerla no es el final.
El verdadero objetivo es dejar de repetirla.





